“Bienvenido a los 40”, comedia autodestructiva

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Es un hecho que las comedias no son tomadas en serio por la crítica. Bueno, es un poco lógico ¿no? Sin embargo, algunas de ellas, sin ser cantos a la estética, pueden ser consideradas grandes películas. Su gracia: hacernos reír hasta atragantarnos con el popcorn y que su historia sea redonda: que no sobre ni falte nada.

Lamentablemente, no es el caso de la última película de Judd Apatow, “Bienvenido a los 40”. Aunque tiene todos los ingredientes para matar de risa -lo que logra- no alcanza a ser un film redondo. Y lo más curioso es que la razón proviene desde su mismo director, quien en su afán por transformarla en algo más que una comedia, termina matando el chiste.

Quiere entregar un mensaje melodramático y se alarga una enormidad. Pecado capital en el mundo chistológico, ya que un buen chiste requiere un buen remate. De manual. Y no es que el realizador le añada un segundo hilo narrativo para conformar una comedia romántica. No. Se aleja tanto que se pierde.

No es primera vez que Apatow cae en lo mismo. Antes lo hizo en “Virgen a los 40”, una excelente comedia cargada al humor sexual que se alarga excesivamente y termina avanzando en arenas movedizas para, por fin, llegar al final.

Problema psicológico quizás: Tal vez piensa que el género de la comedia es indigno y debe agregarle algo diferente. Tal vez piensa que las películas valoradas son, al menos en algunos pasajes, serias… y largas.  Como sea, su experimento no le ha resultado.

Al principio nos reímos

Más allá de este pecado, “Bienvenido a los 40” alcanza altos niveles de hilaridad,  en sus primeros minutos más que nada.

Paul Rudd y Leslie Mann, actores fetiches del director -sobre todo ella, su esposa-, protagonizan sketches dignos de destacar, apuntando a la identificación con el espectador, como cuando ella lo sorprende sentado en el baño jugando con su tableta y le exige que le demuestre con hechos (ustedes me entienden) que realmente estaba haciendo caca y no perdiendo tiempo en el ciberespacio.

Pero estos puntos altos no salvan a la película de diluirse y transformarse en una masa chiclosa que se estira por 2 horas y 14 minutos (!) tratando de ser algo más que una comedia y, claramente, muriendo en el intento.

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