“Una aventura extraordinaria”, belleza sublime

La película “Una aventura extraordinaria”, de Ang Lee, relata precisamente eso, una historia increíble, pero lo hace de tal manera que la belleza de las imágenes con las que se presenta el relato se transforma en el verdadero protagonista del film. He aquí su fuerza, la poesía de cada plano llena la pantalla para emocionarnos al constatar que la estética sublime aún es posible y que eso del “Séptimo Arte” no está olvidado del todo.

Un viaje mágico más que fantasioso. Una odisea personal que mezcla fuerza espiritual y física como requisitos para llegar a puerto.

El relato nos presenta a Pi, un niño indio que desde sus primeros años se aventura a buscar respuestas a sus precoces preguntas. Respuestas que le servirán para soportar una odisea donde su relación con la naturaleza y consigo mismo serán puestas a prueba: Tras un naufragio, flota sin rumbo 227 días a través del Atlántico, teniendo como única compañía un feroz tigre de bengala y la no menos feroz inclemencia del mar.

Al estilo de obras que nos entregan biografías increíbles, como “Forrest Gump” o “Big Fish”, esta película hace lo propio con, por ejemplo, el origen del nombre de Pi y su precoz curiosidad religiosa, episodios divertidos y hasta hilarantes.

Sin embargo, lo que maravilla es la composición de los planos. La suave tonalidad de colores de una ciudad francesa de la India, Puducherry, que con una arquitectura cuidada contrasta con la India bullente que suele mostrarnos el cine; el verdor reconfortante de una plantación de té; los trajes y maquillaje de las bailarinas tradicionales; el cielo reflejado en el agua, mil y una vez; constituyen un espectáculo sobrecogedor.

La estética tiene su apogeo cuando retrata la naturaleza. Su belleza y su fuerza. El atractivo de los animales en cautiverio, el contraste de los colores del pelaje con la vegetación, abren la película como para decirnos de qué se trata esto: De un festival de imágenes, el que va creciendo en belleza hasta llegar a las escenas de mar adentro, donde cielo y mar se fusionan y la paz y la furia de los elementos se disfrutan de igual manera.

Lo anterior es fruto del oficio de Lee, Claudio Miranda (fotografía), Tim Squyres (montaje) y  Bill Westenhofer (efectos especiales).

Si por casualidad la Academia premia la estética, la maestría audiovisual más que el marketing de los productores o las patriotadas, “Una aventura extraordinaria” debería quedarse con el Oscar a la mejor película, por lo menos ése de los once a los que está nominada.

Espíritu inquieto

El director Ang Lee comparte el espíritu inquieto del protagonista de su película. Y quizás lo supera. El talentoso realizador nos sorprende una vez más al cambiar de giro y no casarse con ninguna temática en particular.

Con su estilo polifacético, nos ha regalado obras tan disímiles como “El banquete de bodas” (1993), “Sensatez y sentimientos” (1995, un Oscar), “El tigre y el dragón” (2000, cuatro Oscar), “Hulk” (2003), y “Secreto en la montaña” (2005, tres Oscar).

Disímiles en sus temáticas, pero todas comparten la estética depurada y exquisita –sí, incluso “Hulk” con su montaje estilo comic- que le ha valido a Lee ser aplaudido transversalmente por su talento.

Para “Una aventura extraordinaria” adaptó la exitosa novela “Life of Pi” del escritor franco-canadiense,  nacido en España, Yann Martel. Este libro es un relato conmovedor sobre cómo un viaje sin rumbo puede ser también un viaje interior para hallar el sentido de la vida en Dios.

Life of Pi

2012

Ang Lee

Suraj Sharma, Irrfan Khan

“No”, relato de un golpe de marketing

La película chilena “No” desentierra la historia de la campaña televisiva del Plebiscito de 1988 que, de manera inédita, logró sacar al dictador sempiterno Augusto Pinochet por la vía democrática. Reafirmando su sólido y ya maduro estilo, el director Pablo Larraín desmitifica la famosa campaña al sugerir que el secreto de su éxito fue más una movida de marketing que una gesta política con caracteres épicos.

La decisión de la campaña de aplicar una estrategia publicitaria más que apelar a la queja repetitiva contra Pinochet se puede extrapolar a la decisión de los creadores de la película, lo que afortunadamente se hace tendencia en el cine chileno: incinerar la carga política llorona de lo ocurrido en dictadura, terminar con la queja rancia que ya no se escuchó, para abordar otros temas o tratar, como acá, el mismo tema con una visión más progresiva, constructiva,  distinta.

Por razones que van desde su juventud, su desapego, hasta la mera casualidad, el  ideólogo de la campaña, René Saavedra, toma la decisión que constituye un punto de quiebre y será a la postre la clave del triunfo.

Cuando ingresa al equipo de trabajo, la franja electoral de la oposición ya tenía material preparado. Al ver un panfleto antipinochetista en pantalla, repleto de verdades, es cierto, pero de verdades violentas y grises que se habían dicho ya tantas veces, el protagonista decide tomar otro camino y vender el “No” como si se tratara de una Coca-Cola, o, en rigor, de una “Free”.

Sin empacho ni compromisos, Saavedra se opone abiertamente la inclusión de las viudas de detenidos desaparecidos bailando la “Cueca Sola” y la intervención en pantalla de Patricio Aylwin, a quien se muestra tan gris, viejo y en cortocircuito con la idea de la campaña que el espectador coincide plenamente con el protagonista.

Guión tripartito

El relato se sucede y va estructurando las bambalinas de esta campaña publicitaria con final feliz: El rechazo inicial, la improvisación, las fallas logísticas, el ridículo de los ultraconservadores ideólogos del “Sí”, la represión omnipresente, las dudas y la alegría del triunfo.

Un relato inteligente resultante de una amalgama creativa: La montaña de material periodístico de la época, la obra de teatro –aún no estrenada en las tablas- “Plebiscito”, de Antonio Skarmeta, y el notable trabajo del guionista Pedro Peirano, quien tomó las dos fuentes anteriores y creó un texto que se acomodara a los estándares temporales y estilísticos del cine.

La historia se mueve dentro de la bien construida atmósfera ochentera de esa época. La estética del formato video ayuda a imprimirle realismo y chispas de nostalgia –para quienes vivimos esa época-. El estilo cinematográfico de cámara subjetiva, silencios y primeros planos de Larraín comulgan con el momento histórico y el ambiente enrarecido del Chile de fines de los 80.

La película no hace una propaganda ni una acusación sobre el terror de aquella época. Tal como lo hizo en “Post Morten”, sólo con retratar la atmósfera de la época obtiene imágenes impregnadas de la angustia, represión y otras sensaciones del fin de la dictadura.

Si bien la interpretación de Gael García Bernal como el protagonista no sobresale, actorazos como Alfredo Castro –a esta altura el preferido de Larraín- y Jaime Vadell demuestran de qué están hechos.

Castro da vida a Lucho Guzmán, un publicista totalmente ajeno a las nuevas tendencias publicitarias, que se apoya en el ímpetu y la inteligencia de su empleado René Saavedra para hacer avanzar su agencia, y que debe tomar las riendas de la campaña televisiva del “Sí”.

Su sola figura trasunta fielmente muchos antivalores de la derecha militar de los 80. El desprecio al cambio, la intolerancia, el clasismo y la prepotencia se ven en cada una de sus intervenciones. También el miedo y la soledad del sector al que se le venía el mundo encima.

El tiempo pasa

El vínculo pasado-presente toma un cariz interesante y digno de rescatar cuando los verdaderos rostros de aquella campaña se incorporan al relato. El director utiliza a los personajes reales para que se interpreten a sí mismos en la película.

En una decisión que no sabemos si es pensada o simplemente práctica, estos personajes aparecen jóvenes en el material original de la campaña y viejos, como están ahora, en las tomas “fuera de pantalla”. No se intentó rejuvenecerlos a punta de maquillaje para acercar ambas fisonomías, lo que habría sido difícil y un tanto ridículo… Un cuarto de siglo no pasa en vano.

Polémica 2012

En Chile, en vez de aplaudir una película chilena de calidad –las que escasean- o valorar el hecho de que sea posible abordar el tema político sin arrastrar los fantasmas del pasado, o celebrar su nominación al Oscar, a algunos les entretuvo más generar polémica.

Por el lado del “No” –no vamos a decir izquierda ni derecha hasta altura del partido- algunas vacas sagradas se levantaron para alegar que la cosa no había sido así, que no había sido sólo publicidad, que los próceres, que los héroes, que la lucha, que los dinosaurios…

Por el lado del “Sí” se agarraron del argumento de que finalmente la “alegría no llegó”, como si la promesa de que la alegría iba a llegar fuera una promesa incumplida de la película.

Ambos lados, dinosaurios del “Sí” y dinosaurios del “No”, le achacan a Pablo Larraín una responsabilidad que no tiene y que no se ha arrogado. Lejos de eso, el realizador ha dicho hasta el cansancio que simplemente tomó un eje argumental de muchos y lo desarrolló. “Es interesante poder contarle esto al mundo… todo el mundo sabe como Pinochet llegó al poder pero pocos saben cómo se fue”, explica, simple, lejos de polemicuchas que nada tienen que ver con el arte.

No

2012

Pablo Larraín

Gael García Bernal, Alfredo Castro, Luis Gnecco

“La noche más oscura”: La sombra de la tortura made in USA

El 2 de mayo del 2011, las informaciones nos golpeaban con la poco creíble noticia de que Osama Bin Laden, el para Estados Unidos culpable máximo de los atentados a las Torres Gemelas, había sido capturado y asesinado. “La noche más oscura”, de la realizadora estadounidense Kathryn Bigelow, toma este hecho para reconstruir la intrincada historia de maniobras de inteligencia que lo precede, que comenzó en los cuarteles de Washington el mismo día de los atentados.

Un guión potente muestra la conformación de esta caza al hombre, dejando al desnudo las técnicas militares y de investigación que Estados Unidos usó para capturar a su chivo expiatorio. La tortura, los sobornos –uno de ellos increíble pero cierto- y la prepotencia de la CIA quedan en evidencia, lo que produce la sensación de tener en pantalla un documento que debería avergonzar a los Estados Unidos, especialmente a su presidente, el bueno de Obama.

Sólo la sensación, ya que tanto la directora como el talentoso guionista, el periodista Mark Boal, se han encargado de recordar que la obra no es un documental y que tampoco pretende acusar a las autoridades, sino que aportar al debate sobre el ya evidente uso de la tortura de parte de esta nación.

Si no es una acusación, tendríamos que decir que les faltó poco. Los largos primeros minutos de la película muestran de manera incómodamente cruda y explícita las técnicas de tortura aplicadas a un prisionero clave, en una de las muchas cárceles secretas que la CIA tiene en Medio Oriente.

Es la “bienvenida” que recibe la protagonista, la joven Maya, “cerebrito” de la CIA interpretado por Jessica Chastain que debe sumergirse rápidamente en el terreno árido de la búsqueda, participar directamente y sin escrúpulos en prácticas cuestionables y terminar por hacer de la caza a Bin Laden una misión personal.

En poco tiempo, Maya se transforma en la líder de la operación, moviéndose como pez en el agua entre los peces gordos de la CIA. Mención especial merece aquí la inclusión de James Gandolfini en el papel del director de la agencia de inteligencia. La carga gansteril del robusto actor –Los Soprano- es perfecta para retratar el poder imponente del funcionario.

La protagonista se va haciendo experta sobre la marcha, pero choca con una serie de fracasos y la oposición de sus superiores. Finalmente, su férrea tenacidad, apoyada por los gadgets de la CIA, hace posible que, como ya sabemos, se logre el objetivo.

Guión v/s corazón

Una historia bien contada, un guión excelentemente bien documentado. Tanto, que algunos senadores norteamericanos pusieron el grito en el cielo por la supuesta información calificada que el guionista habría obtenido de informantes de la CIA. De ahí, la fuerza de cuasidocumento de la cinta.

Sin embargo, así como aplaudimos el relato exuberante, echamos de menos una producción estética más acabada y, quizás usando ese componente, un ingrediente emotivo más logrado. Lo que le sobra de información, le falta en sangre, no en sangre de utilería, sino que en sentimiento.

Un ejemplo de esto es la recreación de la noche del asalto final. ¡Perfecta!, si se contrasta con la locación real en Pakistán y las informaciones de prensa, pero ¿qué hay del nerviosismo antes de aquella importante operación?, ¿las dudas sobre el resultado?, ¿la euforia del éxito?, nada. Si hubo expresiones emotivas, éstas no traspasaron la pantalla.

Zero Dark Thirty

2012

Kathryn Bigelow

Jessica Chastain, Jason Clarke, Kyle Chandler

“Amour”, más que una hermosa palabra

El amor se manifiesta en innumerables formas: el perdón, el cariño, el cuidado, la comprensión, la paciencia son algunas de ellas. Todas estas están presentes en la historia de la pareja de octogenarios que protagoniza “Amour”, nominada a mejor película y mejor película extranjera en los próximos premios Oscar.

El aclamado director austriaco Michael Haneke nos hace espectadores de un amor quizás más valioso que otros, una relación ubicada en una etapa de la vida donde todo es marchitarse y amar se hace aún más difícil.

Con una cuidadísima puesta en escena, fotografía y planos perfectos, y una atmósfera intimista, inquietante y a veces asfixiante, el realizador de obras como “The white ribbon” y “Funny Games” nos presenta un episodio traumático en las vidas de George y Anne que pondrá a prueba su relación y les hará constatar que la muerte está inevitablemente cerca.

Una mañana cualquiera, la mujer tiene un accidente vascular que la va dejando progresivamente paralizada y postrada. Con su única hija ausente por la mecánica trabajo-familia-egoísmo, George tiene que hacerse cargo de todos los cuidados de su mujer y se convierte, contra su voluntad, en testigo privilegiado de la chocante, triste e injusta transformación de su mujer, único responsable del amor de su vida.

El montaje preciso de Haneken mezcla atemporalmente fragmentos del pasado pleno de vida, con el presente sombrío y escenas surgidas de la fantasía de los protagonistas.

La música también es parte importante. Ambos ancianos son ex profesores de música clásica y, por ende, su entorno y recuerdos están cubiertos de la elegante y reconfortante atmósfera prodigada por Schubert, Beethoven y Bach.

Con una cadencia sutil, que algunos encontrarán derechamente “lenta”, la película logra sumergirnos en la experiencia de la vejez terminal y enseñarnos que “amour” es más que la palabra más hermosa del francés.

La interpretación de los dos protagonistas está en manos de Jean-Louis Trintignant (George) y  Emmanuelle Riva (Anne). Ésta última, leyenda viviente del cine francés, recordada y respetada por su participación en la clásica “Hiroshima, mon amour”. Ambos actores, con más de 80 años a cuestas como sus personajes, logran hacer comprender al espectador cómo es vivir en el ocaso de la vida.

Como sucede con gran parte del cine europeo, la película nos entrega eso que paradojalmente es cada vez más escaso en el mundo del cine: delicadeza, placer audiovisual, arte.

 

Amour

2012

Michael Haneke

Jean-Louis Trintignant, Emmanuelle Riva

Nada nuevo en la Tierra Media, poco que decir sobre “El Hobbit”

Cuando la industria fílmica nos regala una nueva parte de una película, sea secuela o precuela, como en los casos de “Star Wars” o “X-Men”, esperamos algo nuevo, bueno o malo, pero un aporte al fin y al cabo.

En el caso del Señor de los Anillos, una saga que tarde o temprano será reconocida en los libros de historia del cine como la mejor producción de todos los tiempos, porque roza la perfección, la expectación es aún mayor. De ahí el tinte de decepción en el título:

“El Hobbit”, la precuela de la megaproducción del talentosísimo Peter Jackson, no aporta nada. Y esto no es una crítica negativa a la obra, simplemente constata el hecho de que el director repitió lo de sus tres capítulos anteriores. Quizás su maestría y perfeccionismo le hicieron reproducir con calco milimétrico los paisajes monumentales, los maquillajes impresionantes, los planos panorámicos y la atmósfera mágica omnipresente de la obra de Tolkien.

¿Qué más decir? Cualquier análisis sería el mismo de las tres partes precedentes del “Señor de los anillos” y, por ende, redundante… Poco que decir sobre “El Hobbit”.

The Hobbit: An unexpected journey

2012

Peter Jackson

Martin Freeman, Ian McKelleb, Richad Armitage

Vía Crucis submarino en “Lo Imposible”

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“Lo Imposible”, obra que recrea el drama de una familia golpeada por el tsunami del sudeste asiático en la Navidad del 2004, es una película más bien básica que no da para un análisis extenso. Y aunque no podemos valorar una película sólo por una escena,  la secuencia donde se muestra de manera brutal la furia terrorífica de la naturaleza es un punto alto que saca por 5 minutos de su mediocridad al filme.

Como una explosión, la ola gigante separa a la familia y lleva a cada miembro a un destino incierto bajo el mar. A cada golpe le sigue la sorpresa de continuar con vida. Uno, otro, otro más. Y la ira del mar sólo concede pausas mínimas para salir a flote, respirar y aferrarse a la vida. Finalmente, el mar escupe a sus víctimas contra algo que alguna vez fue un pueblo. El terror da paso al dolor, a la sangre.

La historia prosigue con los esfuerzos de la familia por conocer la suerte de los demás. Aquí comprobamos el peso interpretativo de Naomi Watts, que la tiene como candidata a la estatuilla de mejor actriz de los próximos Oscar.

Al final de la historia, a modo de flashback terrible, la protagonista revive cada una de las heridas del Vía Crucis submarino al que fue sometida por madre natura. Una escena cruda que hace bien el trabajo: Mostrar lo que el shock inicial bloqueó y que ahora, al borde de la muerte, el cerebro rescata como intentando explicar tanto dolor.

Efecto narrativo destacable dentro de una producción que abunda en los efectos especiales pero a la que -para decirlo sin análisis técnico- le falta algo.